OVIEDO, 10 de noviembre.
La Guardia Civil ha conseguido identificar a una joven de 24 años, residente en Avilés, que fue víctima de un homicidio en 1991. Su desaparición se denunció cinco años después, en un caso que ha tomado un giro inesperado después de más de tres décadas.
La madre de la joven presentó la denuncia de desaparición en 1995, tras no tener noticias de su hija desde 1990. Según su testimonio, había estado cuidando de su nieta durante cinco años, lo que incrementa la tragedia de esta historia familiar.
Las primeras investigaciones realizadas por el cuerpo de seguridad no llevaron a resultados positivos ni nuevas pistas sobre el paradero de la joven, que fue registrada como desaparecida en los archivos policiales. Estos registros son revisados periódicamente en busca de nuevas pistas que puedan ayudar a esclarecer el caso.
Durante una de estas revisiones, realizada en mayo del año pasado, gracias a avances en técnicas de identificación, los agentes contactaron a la familia para obtener muestras de ADN que ayudaran a cotejar con posibles restos no identificados.
En junio, se tomó una muestra adicional de ADN de la hija de la desaparecida, dado que la abuela ya había fallecido, lo que hacía más complicado el proceso de identificación.
Simultáneamente, los investigadores realizaron un análisis más profundo del caso y encontraron un artículo en un periódico regional que describía un homicidio en Barros (Langreo). La víctima, una mujer que había sido apuñalada y enterrada en cal viva, permanecía sin identificar.
Este crimen, conocido como el 'crimen de Reyes', ocurrió el 6 de enero de 1991 y fue investigado por la Policía Nacional de Langreo. La detención de un sospechoso se produjo después de que su pareja confesara los hechos tras una discusión.
El detenido afirmó que recogió a la joven mientras hacía autoestop en Oviedo y que, tras un intento de robo por parte de ella, se produjo un forcejeo en el que acabó acuchillándola. Posteriormente, colocó el cuerpo en el maletero de su vehículo y, junto a su pareja, decidió enterrarla en cal viva, donde permaneció oculta hasta octubre de 1995.
A pesar del estado de deterioro de los restos recuperados, se logró elaborar un retrato robot de la víctima, que fue difundido en los medios. Con el tiempo, la Guardia Civil empezó a establecer conexiones entre el caso del homicidio y la desaparición, viendo similitudes entre el retrato y una foto proporcionada por los familiares de la joven.
La colaboración entre la Guardia Civil y la Policía Nacional, junto con el acceso a documentos antiguos, permitió rastrear los restos de la víctima. Estos fueron enviados al Departamento de Biología del Instituto Nacional de Toxicología y Ciencias Forenses en Madrid en el momento de su descubrimiento.
Debido a la evolución en la tecnología de análisis de ADN, fue necesario realizar un nuevo examen de los restos. Los resultados de esta nueva prueba confirmaron que los restos óseos hallados en 1995 pertenecían efectivamente a la persona desaparecida.
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